beso Jordi
Relatos enfermos: B E S O

por

Ilustración: Kasandra

B E S O

Estaba como arrastrándome por el suelo de un bareto, o de mi casa, o haciendo demasiado ruido de noche por la calle. Estaba encantado de haberme conocido, en ese momento de autovejación en que llegas a disfrutar de estar tocando fondo; hasta te alquilas un pisito en el fondo y miras hacia arriba preguntándote de qué narices se enorgullecen todos esos tíos sobrios, todos trasteando en su Iphone y coleccionando “amigos” digitales y pseudoamigos reales. Esos colecciona-asentimientos; «ahora estoy estudiando japonés por las tardes». Asentimiento. «Estoy yendo al gimnasio cuatro veces por semana». Asentimiento. (Sonrisita que intenta subrayar algún tipo de supuesta humildad.) Asentimiento.
Estaba lamiendo las botas de tacón de alguien ahí abajo mientras me masturbaba en mi patio de recreo personal. Y la dueña de esas botas me cogió la cara. A pesar de todo le gusté por algún motivo, y me metió la lengua en la boca en algún sitio oscuro en el que alternaban techno machacón con reggeaton de mierda; obedecí como un buen sumiso hasta el culo de gin tonics, le cogí la cintura y ella me rodeó el cuello sorbiendo de mí. Llegué a pensar que aquello era una equivocación: suerte, mientras el error durara yo podía beber de ella. Pero al parecer realmente era a mí a quien buscaba; cuando aún estaba digiriendo su saliva y seguía notando el cosquilleo de su lengua, tuve que arreglármelas para meter su número de teléfono en la agenda de mi móvil de principios de siglo. Ni tan siquiera cuando quedamos al día siguiente y me vio a plena luz y con cara de culo resacoso, se dio cuenta de que seguramente se había equivocado. Así que elegimos una mala película a una hora estratégica y volvimos a comernos la boca durante dos horas.
Luego nos besamos hora y media más en algún tipo de bareto que yo no había pisado en mi vida. Cenamos y fuimos a una discoteca cualquiera y continuamos besándonos de ese modo en que te da igual molestar a quien esté al lado. Rompimos un par de vasos, alguien se metió con ella (con razón) y yo me enzarcé con el tío y nos echaron y continuamos besándonos en su piso (el de ella). Incluso cuando estaba encima de mí y yo tenía que pensar en liebres atropelladas atufando en pleno agosto para no correrme, ella necesitaba seguir besando. No se despistaba, como mucho paseaba la lengua por mi cuello, dejaba ir un poco los dientes y volvía a meterse en mi boca. Yo llevaba como treinta horas en una nube de la que estaba apunto de llover esperma.
Nos besamos (me besó) también todo el día que vino a la playa con mis amigos y así aproveché para presentarla a todos. Nos besamos (la besé) toda la noche en que cenamos y salimos por ahí y ella aprovechó para presentarme a sus amigas. Una tarde nos comíamos la boca y rodamos desde la cama hasta el suelo y acabamos en urgencias y ella con cinco puntos en la frente. Alguien nos invitó a una boda de las de estilo aparatoso, por la iglesia y con demasiados invitados: nos la pasamos morreándonos, primero fuera de la iglesia, luego en el lavabo del sitio al que íbamos a comer. Por la noche, una discoteca, también el lavabo; ella me bajó la cremallera del pantalón y se puso de cuclillas, y yo acabé probando mi semen.
Me quiso besar haciéndonos un día una foto y casi resbalamos acantilado abajo. La llevé un domingo a casa de mis padres y la comida acabó con mi madre llamando con los nudillos a la puerta del lavabo para preguntar qué pasaba. Otro día en un japonés un hombre de otra mesa gritó la frase: «a ver, las guarradas en casa por favor». Durante la comunión de mi sobrina mis padres y los padres de mi cuñada se reunieron en corrillo y nos miraban de reojo mientras Ella me lamía el cuello estando muy mal escondidos tras una… ¿columna? de la iglesia.
Durante el 11-S, ella solo se despegó de mí para ver la repetición del choque del segundo avión, dijo: «son terroristas…», y me mordió el labio inferior jugueteando. Para inaugurar el piso que alquilamos decidimos darnos un morreo ininterrumpido de media hora en el salón (por llamarlo así); la única regla era tener siempre las bocas en contacto de un modo u otro. Estuvimos hora y media.
Nos besamos también en medio de esos intentos de record guinnes en los que la gente mueve los labios y la lengua procurando dar bien cámara, como si besar tuviera que ver más con alguna clase de moda que con comerse a la otra persona. Cruzamos el umbral de los tres años de relación celebrando el aniversario en un chino a una hora en la que no había casi nadie (a esa gente casi le da igual que folles en el local siempre que pagues la cuenta.)
Nos comenzamos a poner retos: ¿cuánto tiempo podíamos aguantar besándonos con los padres delante? El padre de ella nos echó de casa. Los míos se limitaron a irse a otra habitación con cara de circunstancias y poner la tele. Al cabo de media hora comiéndonos la boca en la puerta de un colegio, alguien llamó a un guardia. En una piscina pública el socorrista no supo decirnos por qué teníamos que irnos, por favor. En una iglesia a rebosar de gente en domingo, no duramos ni cinco minutos. Cerca de un parque infantil una madre nos espoleó a irnos a la mierda, sus hijos no tenían por qué ver “eso”; nos despegamos, yo me encendí un cigarro y alguien llamó a la policía. En medio de un museo de arte moderno llegamos a aguantar veinte minutos, hasta que un señor de corbata nos dijo: «hay familias, por favor». La siguiente vez que fuimos a casa de sus padres, nos encerramos en el lavabo y “el hombre de la casa” le dio patadas a la puerta hasta caer al suelo y darse un golpe en la cabeza. Tres puntos. Ella me dijo que se había corrido sin tocarse sentada en la taza mientras me la chupaba. En la siguiente comida de navidad pedimos perdón (o algo así), pero a ambos se nos escapó la risa y su padre nos echó y Ella se empeñó en que nos morreáramos en la calle hasta que nos vieran por la ventana.
Mientras nos besábamos sin parar mis padres se divorciaron, no volvimos a ver a los padres de ella en mucho tiempo y nuestros amigos ya casi nunca nos mandaban mensajes o llamaban. Todo el mundo cambiaba de pareja y hablaba sobre “salir adelante”. Nos comíamos la lengua mutuamente mientras los demás se daban palmaditas en la espalda y procuraban salir adelante. Pasábamos de la cama a los lavabos públicos a los pasillos a la casa de sus padres, y su padre nos volvía a echar; creo que llegó un punto en que el hombre ya ni sabía por qué estaba enfadado, pero consideraba de vital importancia el seguir estándolo. Con mis padres lo habíamos probado un par de veces más, pero no tenía gracia.
Una tienda de golosinas enorme y repleta de niños; duramos tres minutos (nos pareció mucho). En medio de la calle en un barrio residencial; la policía llegó en media hora. Por algún motivo era muy importante que los niños no vieran a nadie besarse más de un minuto o dos. En medio de una feria (siempre delante de la misma atracción), el feriante del túnel del terror nos insinuó que «asustábamos» a la gente que hacía cola. En medio de una rotonda; un policía vino al cabo de una hora y nos preguntó qué pasaba; dijimos que nada; nos dijo que si no era mejor elegir otro sitio para… Le dijimos ¿Para qué?; dijo Muévanse, venga, salgan de la rotonda. En un parque seguimos a un mimo, sin despegarnos; cuando el hombre hacía sus mierdas de mimo y alguna familia se detenía y nos veía a nosotros detrás, el show acababa rápido. El mimo acabó hablando. En nuestra boda por lo civil la cosa acabó en una especie de mezcla entre ataque de risa y ataque de histeria colectivo cuando llegó el momento del beso y no nos separábamos. Mis padres (y sus respectivas parejas) salieron a la calle sin mirar a nadie. La madre de Ella sacó al padre, que renegaba mirando al suelo y tan enfadado que escupía al hablar.
Un año después de casarnos hacemos otra intentona de ir a casa de sus maltratados progenitores y portarnos bien. Fracasamos. El hombre nos vuelve a echar. Además, esa tarde, cuando ya no estamos allí, tiene un infarto y se queda en el sitio. Una semana después, por la noche sueño que tengo una conversación con Dios. Él me pregunta que si creo que llevo una buena vida. Y justo cuando voy a contestar, despierto, con la lengua de mi mujer abriéndose paso por mi boca.

3 comentarios en Relatos enfermos: B E S O

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  2. Quiero ser ella.
    Lo quiero, lo quiero, lo quiero, lo quiero.
    Necesito despertarme así, con su lengua en mi boca de esa manera, porque habré contestado claramente a Dios con mi sonrisa. (quizás, y por poner una pega a esta utopia, desecharía la muerte de familiares y demás, pero…. que coño!!, para lo que el hombre ha disfrutado, casi estará agradecido por ese final prematuro)
    Magnifico Jordi, y la ilustración, madre mía, como me gustan tus dibujos Kasandra.
    Plas!! Plas!! Plas!! Un fuerte aplauso para ambos, hacéis una pareja laboral sencillamente perfecta. Fusión impecable, magistral…

  3. Genial, no puedo decir mucho más. Me has puesto una sonrisa de oreja a oreja.

    Un saludo.

    Ehse

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